LA VENEZUALIZACIÓN Y LA IDEA DE ORDEN: CONDUCIR ES INDIGNAR

LA VENEZUALIZACIÓN Y LA IDEA DE ORDEN: CONDUCIR ES INDIGNAR

Por Marcos Domínguez

La estrategia de Venezuelizacion es obscena. No descubrimos nada. Pero si vale la pena remarcarlo. Intransigencia visceral que busca lesionar, no a “los políticos”, sino a la política como actividad. Vieja receta. Equipo que gano no se toca. Balcanizar. Atomizar. Todo en la tónica de la indignación inconducente, con diputados capaces de inmolarse “desde adentro”, para trasladar la representación desde el parlamento hacia, supongamos, los medios de comunicación. Las verdaderas unidades básicas del macrismo cultural. ¿Podrá el periodismo formar un partido?. No; puesto menor.

La fórmula es fácil de percibir: la moralina seguida de indignación como un mantra. La indignación, ese conjunto de emociones argumentalmente flojas de papeles, pero con un blanco específico (“los políticos”), ha minado la subjetividad de un importante sector de la comunidad argentina. Un nervio social consolidado con la ruptura del tejido social que violentamente se expresaría en 2001. Un espejo roto que sigue allí.

¿Cómo explicar, sino, esa vocación indomable de los ciudadanos por consumir y autogobernarse de espaldas a cualquier autoridad, ley o racionalidad económica? ¿Como explicar el empeño de este sector social por cumplir la imagen que tiene de sí mismo?. Vieja fórmula: la política como actividad es la bolsa de arena donde se descarga la frustración. La indignación levanta sus puños de acero para construir una política de la antipolítica. Pero sólo puede consumar el pico de su rentabilidad cuando encuentra representación concreta en un liderazgo.

En esa patología del hiper individualismo, está contenido todo el núcleo de valores que moviliza las emociones opositoras actuales: la negación de lo político. Esa negación conduce a una praxis de desconfianza frente a todos los poderes políticos y formas de Estado imaginables. La política como actividad queda así degradada como polémica a las limitaciones de la libertad individual.

Pero la oposición cambiemita más dura todavía continúa en plena hemorragia política. Ha asumido que conducir es indignar, y lejos de la reconstrucción de un discurso opositor con vocación de poder, se mantiene en el consignismo altivo, resentido, grietológico, pero todavía políticamente ineficaz. Ataca las medidas de mayor aceptación. Y si el enemigo se equivoca, mejor no distraerlo.

Los factores del ataque opositor, inorgánico, pero obstinado, parten de un diagnóstico atinado sobre el mediano y largo plazo. El escenario marca que: 1) el jefe de Estado tiene un más que razonable nivel de popularidad, 2) es inmininente el lanzamiento de medidas activas destinadas a diseñar un 2021 más atractivo que este año , 3) la premisa de construir acuerdos que trasciendan el propio espacio tiende a “institucionalizarse” en el cuaterno que conduce la política del FdT: Los Fernandez, Massa y Máximo han asumido el hecho de que “pescar en la pecera” no forma parte de una estrategia razonable en términos de persuasión y sustentación de base electoral, 4) el más difícil de aceptar para un opositor que no metaboliza su derrota, es decir, el respaldo social a las acciones sanitarias gubernamentales y al rumbo del gobierno en general.

ORDEN Y PROGRESISMO
El presente puro

La negociación con los sectores de la policía movilizados requiere de un perfil bajo al que el escenario de espectacularización mediática no contribuye. No decimos que el tema no sea grave, lo es. Pero la salida es política. Los salarios de miseria no son una novedad. Las modalidades “paritarias” de ciertos sectores tampoco, y por eso hay una negociación que está en marcha. Y quizás hasta sirva para desprenderse de algunos inútiles en la conducción. De los que no es posible desprenderse, es de los titiriteros amarillos detrás de escena (los responsables del dererioro salarial del conjunto), planta permanente de la grietología de la cual viven.


Como bien señala un querido amigo y escriba, el escenario actual debe hacernos analizar lo que nuestra experiencia marca. El lado Boomberg de la política como eterno retorno de una estrategia concreta, atada a los ciclos económicos de un país siempre en reconstrucción. En 2004, con movilizaciones que llegaron a reunir 150 mil personas, la idea con “el fenómeno Bloomberg” era volcar masivamente a la calle a una oposición que después de la catástrofe del 2001 estaba desunida y sin proyecto político.


La historia marca que las políticas de “mano dura” como solución a la inseguridad, han sido peor remedio que la enfermedad, pero no es este el punto. El punto, en estas líneas, está asociado al fino pragmatismo político que las circunstancias actuales, hijas de la historia, requieren. Nestor Kirchner, con menos de un año de gobierno, cedió no tanto por un “giro a la derecha” en su proyecto de gobierno, sino porque tal concesión servía como elemento aglutinante a una oposición que expresaba a una parte muy numerosa de la sociedad argentina. Inteligentes transigencias, siendo intransigente en los grandes principios. Y siguió gobernando con sus propias políticas. Que se probaron razonablemente exitosas, ¿no?.

El futuro inmediato


¿Cuál es nuestra idea de orden?. ¿Qué valores lo definen?. Esta es una discusión imposible de asimilar en los huracanados vientos mediáticos. Pero como somos tiranos de este humilde espacio en la red, nos vamos a dar el lujo de intentar darla.

Cuando hablamos las agendas que nos convocan a hablar de la idea de orden, tenemos opciones. Por un lado, podemos administrar estas agendas sociales con consignas cliché culturalmente rentables en la era de la formación política fast food. Podemos reposar en la cómodas etiquetas que ha instalado el sistema liberal en nuestras anteojeras, esas que nos sedan cual clonazepam conceptual en una realidad vertiginosa, angustiante y compleja. O podemos descartar las posturas impostadas y las declaraciones de principios que esquivan el debate, para buscar en nosotros un esquema interpretativo argentino de la realidad. Y en esa realidad existen “otros”. Comprender esto es la base para una inteligente apuesta a la unidad nacional, basada en una cultura política robusta que sustente una politización menos superficial que la actual, que permita ver el reverso de la trama en esta lucha de opuestos creados artificialmente. Ver base para apreciar, apreciar base para resolver, y resolver base para actuar.

Para recuperar la idea de orden, comprenderla, y finalmente asimilarla como parte de un proyecto político, es conceptualmente necesario abandonar el clásico imaginario del progresismo culposo a la hora de vincularse con valores como el orden, la seguridad, la movilidad social ascendente con dinámica de méritos deseables para la realización de la comunidad (trabajo, esfuerzo, dedicación) y demás cuestiones que hacen a la representación de mayorías sociales. ¿Por qué?, porque en política no existen espacios vacíos. Alguien los ocupa. No es una idea demasiado inteligente dejar vacante la bandera de orden para que sea el sector más miserable de la política quien la administre. Se sabe que siempre el electorado vota orden. El desorden no se vota. Y el orden solo es posible con justicia social.

Sucede que en la medida en la que las corrientes políticas en nuestro se convierten en expresión de posturas intelectuales y no de movimientos sociales, el ciclo se repite. La clave de representar es la tarea más difícil, porque requiere asumirnos como parte de una comunidad imperfecta, no siempre predecible, fragmentable y fragmentada, donde conviven la vocación democrática con el egoísmo social, el individualismo con la solidaridad, el heroísmo del personal de salud con ritualistas quemabarbijos. Posturas facciosas sobretelevizadas y estructuradas en falsos dilemas y dicotomías laberínticas. La solución no es sencilla, pero la orientación a seguir resulta clara. La única posibilidad de salir de estos falsos laberintos es a través de un rescate de lo esencial del pensamiento doctrinario del justicialismo: una política de trascendencia de los opuestos, que los incluya, los represente, y diluya esos extremos en una lógica de comunidad posible.

Decir que sólo se debe ser intransigente en los grandes principios, es una manera adulta de ver lo político. Porque claro, la vida adulta está llena de transigencias. La política, también. Y en política todo el arte está en la ejecución. Y la ejecución va en el sentido de la negociación, es decir, en el sentido de la negociación posible.

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